jueves, 8 de marzo de 2018

Ángela Guardione - Nuestro secreto (cuento)



Nuestro secreto

Yo lo quería a Juan. El año pasado fue el último que compartimos juntos el cole. Como su casa queda en frente al patio de la escuela, cada mediodía intentaba llegar a la una en punto para encontrármelo cruzando la calle. En algún momento él me miraba, yo siempre lo estaba mirando.

Era septiembre. Juan y sus compañeros organizaban el viaje de egresados. Como la fiesta era en la escuela, yo tenía permiso para ir. En general no salía. Mis amigas sí salían, ya iban a bailar; pero mi mamá, como estaba sola, no me dejaba. La fiesta empezó a la tardecita. Enseguida ubiqué a Juan que estaba ayudando con las bebidas, iba mesa por mesa tomando pedidos y entregando grandes vasos llenos de cerveza y no sé qué otra cosa. Él tenía una remera azul con su nombre. Yo estaba con mis amigas. Cuando llegó el momento de ir a bailar lo único que hacía era buscar con la mirada a Juan. Por un momento lo perdí entre todas las remeras azules hasta que de repente escuché: Hola, ¿querés bailar conmigo?

Fue como un sueño, era la primera vez que lo tenía tan cerca. Cuando toqué sus manos las sentí calentitas y suaves. Bailamos cinco canciones. Después me invitó a que nos alejáramos y lo seguí sin dudar. Caminamos hacia el patio, el que da a su casa, nos sentamos en el banco debajo del plátano y me dijo que le gustaba mucho. Después nos dimos un beso.

A partir de esa noche siempre que podía me encontraba con Juan. Él me mandaba a decir con algún compañero que a la salida de la escuela nos podíamos ver en su casa. Yo empujaba la puerta celeste del portón y él me estaba esperando. Me hacía un gesto de silencio poniendo el dedo índice sobre sus labios, me daba la mano y me llevaba por una escalera caracol a un pequeño cuarto en el primer piso. Era su lugar, decía. Y en ese lugar yo sentía que nada malo me podía pasar.

Yo inventaba mil excusas cuando llegaba tarde a mi casa. Las excusas siempre tenían que ver con tareas para la escuela. Los encuentros con Juan eran nuestro secreto.

El año terminaba y estaba triste porque no lo iba a ver más. O si lo seguía viendo cada tanto, ya no iba a ser lo mismo. Esa tristeza hizo que sienta cosas extrañas en el cuerpo. La comida no me gustaba como antes. Tenía ganas de dormir y cuando dormía soñaba con él.

Las clases habían terminado, también había pasado Navidad. Un día mi mamá decidió llevarme al médico. Me hicieron varias preguntas y hasta me sacaron sangre. Después fuimos a otra doctora. Ahí ella entró sola y yo tuve que esperar. Cuando salió me dijo que teníamos que hablar;  no voy a olvidar nunca la expresión de mi mamá. Era de noche y estábamos solas en casa, como siempre. Nos sentamos a cenar, ella parecía incómoda, entendí que algo estaba pasando. Me explicó que algún día se lo iba a agradecer; que muchas veces las historias familiares se repiten pero esta vez no, porque ella quería lo mejor para mí. Creí saber lo que estaba ocurriendo pero no pude decir nada.

Nuestra relación cambió a partir de ese día. Mamá estaba incómoda, podía notarlo. No quise preguntar nada más pero seguí pensando. Una tarde se me ocurrió por primera vez que podríamos llegar adonde estamos ahora.

Es un consultorio oscuro y frío que contrasta con el clima caliente y el colorido típico de este momento del año. Mis pensamientos se escapan por la única ventana que se ve por la puerta entreabierta del baño. Pienso que en el verano la gente está más alegre y por eso usa colores en su ropa. Dicen que el negro atrae más el calor, eso no lo entiendo. Tengo trece años, quizás cuando sea más grande lo voy a entender. Acá hay una hilera de sillas con tapizado verde y patas de hierro, son cómodas. También hay un escritorio de madera con una agenda, una lapicera y un teléfono que no suena. Mi mamá tiene un rosario en las manos. Por momentos me mira de una manera extraña y, sin romper el silencio, hace un gesto que se parece a una sonrisa. Eso tampoco lo entiendo, quizás cuando sea más grande lo voy a entender.

Ángela Guardione

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