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jueves, 10 de noviembre de 2011

Temperley (Patricio Foglia)


sobre Temperley, de Patricio Foglia.
(En el aura del sauce, Buenos Aires, 2011)


Temperley es el primer libro de poemas de Patricio Foglia. Un libro breve donde las palabras aparecen estalladas. Un fuego artificial que explota su sentido una y otra vez, al infinito. Con un elogioso prólogo de Osvaldo Bossi, Temperley se divide en cuatro series bien diferenciadas, aunque todo el conjunto hace eco con lo que podría ser un poemario iniciático. Sin embargo, la voz joven que dice los poemas no persigue aquí la adultez ni sus estereotipos ni maneras: más bien traza un camino propio, rebelándose contra las reglas que imponen el mundo del trabajo y los mayores, el barrio y la educación sentimental.

Huir de lo conocido. Crecer hasta volverse chico otra vez. Conocer y perder el amor o la guerra. Los poemas de Foglia dan cuenta del recorrido de un yo por diferentes tiempos y espacios. El encierro, aparentemente eterno, del empleado de un locutorio en una ciudad arrasada y hecha de escombros, que vive más en su imaginación que afuera de ella; el sueño infantil de la nave espacial con viaje a la luna incluido; el recuerdo del amante perdido y una guerra absurda que, se sobreentiende, es Malvinas.

En esas peripecias de la voz, la casa y la lengua paternas quedan atrás. También lo-que-se-debería-haber-sido, porque gana la batalla el yo que da el salto y, entonces, pierde el cliché: “retumba ahora en el vacío/ porque somos de temperley, y nadie/ es astronauta en temperley/ porque la gente se dedica a otras cosas/ me decían: si te gusta viajar,/ podés ser/ camionero ,/ y yo escuchaba esa clase de crueldades/ que sólo circulan entre amigos/ muy amigos/ pero yo tenía claro que no podía seguir viviendo/ en temperley/ en la casa de mis viejos/ en el barrio de mis amigos”.

¿Cómo hacer para convertirse en otro? ¿Qué lugar nuevo ocupar? ¿Cómo alejarse de lo que todos esperan de uno? Ser distinto -o jugar a serlo- (astronauta, bailarín, soldado, fantasma, son algunas de las posibilidades que el autor acumula en su libro), implica un pasaje la mayoría de las veces inquietante y doloroso. Un aprendizaje a contrapelo: “mientras releía me acordaba/ de la cara de espanto que nos ponían/ del horror en sus rostros/ cuando les decíamos que nos llamábamos igual/ y que nos amábamos tanto”.

En los poemas de Temperley , no sólo hay alguien que imagina y fantasea a la manera de un chico transformado en el protagonista de su película favorita, incluso existe quien sufre por amor y revisa su memoria en busca de fragmentos de vida compartidos, esquirlas de momentos íntimos, ya imposibles, que perforan el corazón como una herida de bala.

Verónica Pérez Arango

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Verónica Pérez Arango (Bs. As., 1976): Estudió Letras en la UBA y actualmente cursa la Especialización en Procesos de Lectura y Escritura en la misma universidad. Publicó la plaqueta la desdentada (Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura, 2002) y Camping (Vox, 2010). Poemas suyos fueron antologados en el libro Quedar en lo cantado (El fin de la noche, 2009). Obtuvo dos menciones en la convocatoria Poeta Revelación 2011 organizada por Plebella. Dicta clases y talleres de literatura.

Reseña publicada en la muy bonita revista NO RETORNABLE ( www.no-retornable.com.ar )

jueves, 5 de mayo de 2011

temperley, presentación de Osvaldo Bossi

TEMPERLEY, DE PATRICIO FOGLIA

1.-


Apenas una palabra cae, atrapada por el campo magnético de la poesía, todo se transfigura. Y sobre todo, el sentido, esa ilusión de continuidad que solemos buscar entre la cosa y el nombre que la representa. La palabra Temperley, por lo tanto, que da título a este primer libro de Patrico Foglia, no podía ser una excepción. Alude a una localidad, a un remotísimo equipo de fútbol cuya camiseta es blanca, con una franja transversal de color celeste, y a un poeta más o menos famoso que, cada vez que venía de comulgar, decía, a la manera de los místicos, estar en éxtasis. Vengo de comulgar y estoy en éxtasis, decía ¿se acuerdan? Y ahora, misteriosamente, a este libro, y adentro de este libro, a un poema en particular, donde un niño decide romper definitivamente con esa palabra (Temperley) y aventurarse, convertido en un resplandeciente astronauta, en el espacio exterior.
Como si las palabras nunca terminaran de solidificarse, y al entrar en contacto con nuestra boca, se transformaran en algo que no podemos definir, salvo por la repetición en voz alta de ese sonido, que acarrea sentido, y que es la base de todo poema. La palabra Temperley, entonces, como una polifonía, como un espejo que nos devuelve una imagen de nosotros mismos, también multiplicada, como la de ese poeta que es una localidad del conurbano bonaerense, que es un equipo de fútbol y es, además, cuando acercamos el oído, ese monstruo plural, donde la palabra tiempo y la palabra ley resuenan de una manera inconfundible.
De ahí la sensación de ruptura, de batalla campal que se respira, de una manera o de otra, a lo largo de todo el libro.

2.-


Escapar del barrio, escapar de la casa de los padres, de las leyes del tiempo y del espacio (y sobre todo de la ley, a secas) convierten este libro en un intento —pequeño o inmenso, según se lo mire— de insurrección, donde un niño poeta se ve envuelto, desde la primera página hasta la última, en toda clase de batallas imaginarias. Como si este chico hubiera quedado encandilado con La guerra de las galaxias, o mejor aún: como si hubiera leído, palabra por palabra y en sueños, ese maravilloso poema que algunos confunden con un libro de ciencia ficción y que se llama Las crónicas marcianas. De cualquier forma, este niño decide ser un astronauta (o un poeta, para el caso es lo mismo) y alejarse lo antes posible de la realidad, como si el mundo, tal cual lo reconocemos, fuera el verdadero escenario de ese relato de ciencia ficción.
Como el poema que abre este libro (Locutorio, se llama) donde el muchacho que atiende, doce horas al día, ese castillo de la incomunicación, que es un locutorio, se ve convertido, de pronto, en una caja de vidrio transparente, una cabina de carne y hueso, sin voz ni voto, a quien, indiscriminadamente, le preguntan: puede ser una cabina? / puede ser / una cabina? A lo cual, él responde: puedo, creo que puedo / y de verdad soy una cabina / con su cuadrada transparencia… De esa alienación, al deseo de ser un astronauta, hay un paso, y este muchacho niño, este astronauta poeta, afortunadamente lo da.
Como ejemplo, quisiera leerles el primer fragmento de Temperley, que es, si no me equivoco, un momento culminante del libro, cuando el héroe, después de esa inquebrantable cuenta regresiva, despega de la realidad y se sumerge en ese viaje lunar y desesperado, donde el espacio exterior y el espacio interior se confunden:

comenzando ignición en tres
dos
uno
la nave avanza,
puede sentirse el furor
del despegue, el fuego
concentrado en instantes
que apuntan a la luna
y a mí
me quema pensar
cuántas cosas van quedando
atrás, abajo
después de la tierra arrasada

En estos primeros versos ya está el núcleo de lo que vendrá después: La tierra arrasada por el fuego, el fuego de los pensamientos, el furor del despegue: todo ese dispositivo que pone en marcha la decisión de dejar atrás una palabra, esa sola palabra, Temperley, con todo lo que significa.

3.-


La tercera parte del libro, que lleva por título la fecha 1982, es un descenso brusco a la realidad, un aterrizaje forzoso en medio de unas islas “demasiado famosas”, según Borges, y una correspondencia fantasma entre dos muchachos que llevan el mismo nombre y trafican, en medio de ese delirio -a todas luces suicida- su propio delirio de amor. Sin embargo, entre los estallidos de polvo y pólvora, la anécdota se vuelve borrosa, o se deposita, fragmentariamente, aquí y allá, como los restos de una experiencia cercana, y al mismo tiempo lejana, y hasta alucinatoria. Como si esos dos muchachos fueran, en definitiva, uno solo, y el sobreviviente buscara en el otro, el muerto, algún tipo de verdad que le permitiera seguir.
Voy a leerles uno de esos fragmentos escrito de un lado y otro de la misma trinchera:

alguna mañana
enciendo la radio a transistores
el único sobreviviente feliz de este conflicto
y aunque no me creas, te busco en coordenadas
que después entiendo imposibles
y me tropiezo con la fritura en los parlantes, esa
espesa lluvia
no hace más que disiparte
y se transforma en discreta agonía

ese avance de la penumbra
que combato alucinado

Del Locutorio deshumanizante del primer poema, al deseo de ser astronauta y viajar a la luna, a este combate cuerpo a cuerpo de los chicos de la guerra, entre la realidad y la ficción, la urgencia del yo lírico apoderándose de las escaramuzas del yo biográfico, con una mezcla de Guerra de las galaxias y La Batalla de San Lorenzo, Temperley es un libro íntimo y al mismo tiempo social. Pero social en el sentido que sólo pueden serlo los libros verdaderos: sin forzar los temas, sin mimetismos, sin pancartas.
Libro, por eso mismo, de una extraña unidad, sencillo y complejo a la vez. Sencillo, porque el lenguaje se desliza con fluidez, sin tropiezos; con escasos, casi invisibles efectos retóricos. Complejo, precisamente porque esa transparencia nos permite ver su trasfondo: ese núcleo de oscuridad, o de noche, que según Margaritte Durás, contienen los libros que importan.
Espero que se acerquen a leerlo. No lleva la impronta de ninguna moda ni de ninguna escuela literaria. Y esto, aunque parezca superfluo, es un gran mérito tratándose, como en este caso, de un primer y personalísimo libro de poemas.

Osvaldo Bossi
Abril de 2011

jueves, 28 de abril de 2011

Acerca de "Temperley" (Ed. En el aura del sauce)

(El siguiente texto es genuina inspiración de Martín Sanchez Ocampo. Refiere a "Temperley" como bien intitula la nota, el primer libro de Patricio Foglia. Las palabras surgieron a modo de presentación de este libro, la tarde del sábado 23 de abril de 2011)

A 11 días del quincuagésimo aniversario de la hazaña del ruso Yuri Gagarin -el primer hombre en ser enviado en una cápsula al espacio exterior-, la maravillosa idea de ser un astronauta nos vuelve a interpelar, esta vez, desde el viaje simbólico que nos propone la poesía.

Con “Temperley”, Patricio Foglia traza una parábola cósmica de eso que a la mayoría se nos presenta en algún momento de nuestra vida como algo impostergable y que enfrentamos con mayor o menor temor: el “despegue” definitivo de la casa de los padres.

“…Sigo sin poder, sacarme de encima la nítida imagen de mi vieja echándome, a los gritos cual tormenta, hasta que, no sé bien cuándo, amanecí acá, en la puerta del locutorio…”, confiesa nuestro personaje en el primer poema del libro.

Esa eyección, a la que Gagarin reaccionó al final del conteo en 1961 con un “¡Poyejali!” (“¡Vámonos!”), es la coordenada inicial de una bitácora de viaje sobre la vida fuera del hogar, en la que persiste, como un acto íntimo de resistencia a la alienación, la inocente fantasía de ser el piloto de una nave.

“…Me tomó años aprender, cada una de las funciones del tablero, esa inmensa pared adornada, de botones, miles de millones, de botones de colores, que me hacen volver a ser un nene…” dice Patricio acerca de su cohete espacial, ya en la segunda serie de textos.

¿Qué diferencia puede haber entre ese tablero y los comandos para habilitar una cabina telefónica o una conexión a Internet dentro de un locutorio, en el que “diminutos chirridos” señalan “leves matices” en una “incesante clínica de lo mismo”?

Sea cual fuere la respuesta, la constricción de esa maquinaria adherida al cuerpo (“…mi traje espacial, me galvaniza, soy yo mismo…”), es la que quizás obliga al astronauta-poeta a desarrollar una percepción que le permita fugarse del tedio y reparar en los eventos extraordinarios, que se le presentan de una manera tangencial.

Así, “…unos cuantos asteroides, que andan siempre en manada, riéndose como hermosas hienas…” o “…parejas que pasan, se van al parque, a fumarse un porro, a darse unos besos…”, adquieren protagonismo y merecen una descripción que desborda a la estrecha escotilla conformada por los dispositivos telefónicos y computacionales de la tarea diaria.

Entonces, Foglia crea un nuevo artefacto a partir del lenguaje y lo usa como arma para enfrentar a esas “tecnologías de la comunicación”, en una guerra que ahora continuará por otro medio: el de los versos.

El conflicto, que tensa a todo el libro, tiene dos bandos definidos. Por un lado, el de una razón instrumental ridiculizada, compuesta por la jefa ausente que vigila con una cámara desconectada; la publicidad, encarnada en el personaje de una famosa marca de cereales que muere de sobredosis; el ejército, que disciplina al conscripto gracioso y mata al “inglesito”; la policía, el hospital, la escuela, y hasta el “higienismo” de los porteros de edificios.

Por el otro, el del gasto improductivo -aliado a nuestro héroe, aunque más no lo sea momentáneamente-, compuesto por el juego en el barrio con los amigos de la cuadra, la relación (y ruptura) con el otro amado, la gresca entre compañeros de escuela, una fiesta, todos funcionando como un combustible que propulsa a la cápsula desde la cual el yo poético vive su odisea contra lo establecido.

En medio de esa pelea, que da el poeta desde la escritura y en absoluta soledad, el personaje no sólo se observa a sí mismo, (“… como si Patricio siguiera vivo en cada fallo…”), sino también al campo arrasado en el que se convierte la Tierra, dominada por la explotación, el control social, la contaminación y la guerra.

Aparece entonces, al final de “Temperley”, una expresión de deseo, pesimista por cierto, de destrucción total: “…que un meteoro perfore, la superficie celeste, desde la estratósfera en caída libre, encendido devore lo terrestre, nos fulmine…” sentencia Foglia.

En cambio, Gagarin, quien también se salió del protocolo -en su caso el del sistema aeroespacial soviético-, exclamó desde su cabina 50 años atrás que “¡La Tierra es azul! ¡Es hermosa!”, y pidió a los pobladores del mundo “salvaguardar esta belleza”.

La inquietud sobre el destino de nuestra especie y su hábitat natural parece insistir cada tanto. A veces, en un poema apocalíptico que cierra un libro publicado en el siglo XXI. Otras, en la efeméride periodística de un campesino entusiasmado con la carrera espacial moderna. Lo importante, es que no desaparezca.

martes, 19 de abril de 2011

Buzz se va de casa / temperley

Buzz se va de Casa - temperley (HD) from Velcro on Vimeo.



Buzz se va de casa, trailer de temperley -ed. en el aura del sauce-.
realizado por Santiago Lorences, Patricio Foglia, Guillermo Guido, Natalia Cordoba, Clara Rival.

termperley se presenta este sábado 23 de abril, a las 18 hs, en la Ratonera Cultural, Corrientes 5552 esq Serrano. Los esperamos!!!

viernes, 15 de abril de 2011

Presentación libro TEMPERLEY




Presentacion de TEMPERLEY -ed. en el aura del sauce-
ATENTI!
cambio de horario y lugar!!!

SABADO 23 de ABRIL, 18 hs puntual en
Ratonera Cultural, Corrientes 5552
...
presentarán el libro Martín Sánchez y Osvaldo Bossi
muestra de fotos a cargo de Paula Lomonosoff, Guillermo Guido, Maia Vargas
y Julián Lorenzón
se proyectará "Buzz se va de casa", de Santiago Lorences


y despuéssss, fiesta en Alberdi 440 timbre C, favor de traer bebida
y ganas de bailar fox trot y reggaeton