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martes, 29 de septiembre de 2015

Libro Sinfonía de los Pájaros (Andrés Lewin)



Texto leído por Juan Pablo Bonino en la presentación del libro...
 

1. El libro empieza y se cierra con dos epígrafes del rock nacional. En el primero Miguel Abuelo nos remonta a nuestra propia experiencia: “…la vida es un libro útil / para aquel que puede comprender”. ¿Comprender qué? Desde el principio este libro de Andrés Lewin nos interroga como lectores por la relación entre poesía y experiencia de vida. Una vez terminado el libro o en su límite, en la última página leemos este acápite de una canción de Divididos: “...luz, luz, luz del alma / soy un hombre que espera el alba”. Entre esas dos canciones, la primera de 1984 y la segunda del 2000, se abre otra pregunta: ¿cómo es la relación de Sinfonía de los pájaros con la música? Con el rock argentino por un lado, y con todo aquello que remite a la musicalidad dentro de cada poema, eso que le da una entidad fónica, propia del sonido o de la voz, o incluso, después de leer el libro, con el silencio que hay entre página y página.

2. ¿No es acaso el anacronismo de este libro su propia singularidad? La propuesta es por un ojo que reivindica el rabillo y lo que se entrevé en ese tiempo pequeño y valioso. El autor dice: “…ver es tan distinto de mirar…”. Una mínima diferencia que se vuelve una poética de ese momento que no pasa y que propone una apertura hacia otro tipo de percepción: es la contemplación de la naturaleza, atravesada por una pupila urbana que sólo se detiene, para, como dice un poema: “…parar el mundo…”. Esa detención está en el ritmo de los poemas donde los versos caen con esa cadencia que puede oírse mejor en la lectura en voz alta del propio autor. Andrés recitando es un hombre de otro tiempo y se puede ver en sus ojos acompañando los bailoteos de su voz.

3. La continuidad de los elementos de la naturaleza la vuelve uno de los puntos ineludibles en la lectura del libro: el aire, la piedra, el agua, la tierra, el viento, la luna y los animales son intercalados con esa paciencia imperturbable de quien sabe que ahí se esconde algo. Ese algo más no es la precisión de una fotografía, sino como esas pinceladas de la pintura expresionista, pero en estos poemas no aparece la perturbación, sino una dicha suave, o como dice el poeta: “…para continuar el camino / de la tranquila alegría”. La ausencia de euforia genera un efecto de intimidad y la sencillez del lenguaje nos recuerda a esas canciones que requieren un interlocutor auténtico, porque se dirigen, al decir del yo poético, a “la llama que es nuestra / y de todos los nuestros”.

4. Si pensamos el libro en términos de colores, la luz está en un extremo que desemboca en lo callado de la noche y sólo dicho así podría parecer solemne, pero no lo es. En medio de los poemas hay referencias a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Moris, está el “Che” Guevara, Atahualpa Yupanqui, Lennon, Gandi y Juan Román Riquelme. La cultura popular es un espacio donde moverse porque es el lugar de los personajes del libro. Son puntos de referencia para leer los textos porque desde ahí el yo poético abre su ventana para mirar mundo. La lupa está puesta en esos personajes que descorren el velo y dicen: “…todos somos maestros alumnos / todo el tiempo que somos”. El libro de Andrés es nostálgico en la medida en que pueden empezar a sentirse aguijonazos de la finitud, pero vale la pena leerlo porque está lleno de secretos, que los dibujos de Adro Tenembaum invitan a conocer, pero bien deciden guardar.

5. Andrés hoy presenta su tercer libro de poemas y ya es programático porque tiene un universo de intereses que persisten y crecen, se mueven, pero mantienen su énfasis en la sabiduría del barrio y tienen como horizonte la naturaleza. El efecto de los poemas es que el yo poético y eso se nota, sabe de lo que nos habla. Leemos y queremos mirar el mundo como él lo ve, alejamos los ojos y vuelve el deseo de la lectura porque su honestidad tiene el mismo secreto que le dijo el zorro a el principito: “…no se ve bien, sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Con Sinfonía de los pájaros, Andrés nos invita a repensar nuestra infancia.

Juan Pablo Bonino

lunes, 6 de enero de 2014

La vida suspendida (Andrés Lewin)



Sobre LA VIDA SUSPENDIDA

¿Esa tarde o aquella mañana? ¿Acá cerca o más lejos? Espacio y tiempo, en este libro, no importan. Porque es aquí, allá y en todos lados donde la vida sin más queda suspendida.

Un pibito limpia los vidrios. Pausa. Un hombre abraza a su hijo. Pausa. Pirri hace un foul. Pausa. Amato Garrafa habla al micrófono. Pausa. Edelmiro corta naranja por naranja. Pausa. El vendedor de panchos un día se ilumina. Pausa. El regalador de sonrisas camina por los bosques de eucaliptus. Pausa. Manolo compra choclos. Pausa. Y otra pausa y otra más.

En ese devenir de interrupciones se construye un trayecto preciso: un movimiento sutil hacia el interior de la mirada de Andrés Lewin. Son pausas que funcionan como grietas que, por un instante, Lewin nos permite espiar y nos susurra: “Mirá, mirá, acá está la belleza, el tiempo, la poesía, el amor…”.

En algunos poemas, quizás sobre todo en la primera parte, el yo avanza como si fuera un transeúnte en la ciudad, en la vida misma. La mirada de Lewin acompaña lo que vemos y, al mismo tiempo, se desentiende de lo que no vemos, eso que cada lector completa en su lectura íntima y única: “Lo que mis ojos ven/ no es lo que miran tus ojos”.

En otros poemas, ya más hacia el final, aparecen el amor, los cuerpos, la búsqueda de la ternura. Poemas que exponen sin pudor todo lo que el yo mira y siente “en el fondo de todo lo que brilla”.

Don Pascual, Edelmiro, Martita, Francisco, Manolo, Darío, Mariana, Ricardo y más, los nombres propios se suceden, quizás como nunca en otro libro, porque hay necesidad de nombrar, de destacar que la vida cotidiana está llena de personas sabias, poetas, oscuras, luchadoras o bellas.

El uso de la repetición, una y otra vez, atraviesa todo el texto hasta el punto de sentir que, por momentos, uno escucha la propia voz del poeta que recita. En ciertos poemas, también aparece la pasión por el fútbol, esa pasión de multitudes que en este caso muestra su lado más personal, como Federico que, cuando llegan los penales, “apaga la tele/ duerme una siesta”.

El predominante uso del tiempo presente otorga y enfatiza ese cierto dejo atemporal, como si eso que ocurre en el poema se actualizara a cada instante, en cada lectura.

A modo fotográfico (o por qué no radiográfico) Lewin despliega todo su esplendor en un libro que, desde el principio hasta el final, manifiesta una simpleza profunda con frecuentes destellos de humor.

Y me detengo acá, en el “Hotel de mil estrellas”, donde La vida suspendida me despierta gratitud y alegría porque, como diría Katherine Mansfield: “En el umbral de la poesía me encuentro siempre temblando”.

Mariana Chami


Texto leído en la presentación del libro, el día 11 de Diciembre de 2013.
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Algunos poemas del libro: 

Las cosquillas

Don Pascual,
¿le puedo hacer una pregunta?
¿Conoce usted la razón
el motivo por el cual 
de repente llega una tarde
en que perdemos las cosquillas?
¿Existe acaso un día tal, Don Pascual
en que nuestra piel 
olvida la alegría?

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La apuesta

¿Y si sí?
¿Y si nos proponemos la alegría?
¿Y si al levantarnos sonreímos
nos miramos al espejo
y nos decimos lo lindo que somos?
¿Y si sí?
¿Y si entre todas las apuestas posibles
apostamos un pleno,
todos los ahorros
a la ternura, a la simple ternura?

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Andrés Lewin nació en Buenos Aires en 1978. Miembro del grupo de poesía Papeles Blancos. Algunos de sus textos pueden apreciarse en los blogs www.andreloweb.blogspot.com y www.barlapelotanosemancha.blogspot.com . Ha publicado El ruido de los ríos (2011, Editorial En el aura del sauce). La vida suspendida (2013, Editorial En el aura del sauce) es su segundo libro de poesías. Puede contactarse al autor al e-mail adlewin@gmail.com

jueves, 5 de diciembre de 2013

Presentación libro LA VIDA SUSPENDIDA (Andrés Lewin)


INPAZ LIBROS presenta:
La vida suspendida
de Andrés Lewin
Editorial En el aura del sauce

Miércoles 11 de Diciembre, 20 hs.
Refugio Cultural La Palmera
Bolivia 1067 (y Av. Gaona)

Presentación a cargo de Mariana Chami.
Lecturas y música en vivo.
Sorpresas. 

Evento en facebook: 
https://www.facebook.com/events/544161518998871

Mayor información en www.andreloweb.blogspot.com

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Las cosquillas

Don Pascual,
¿le puedo hacer una pregunta?
¿Conoce usted la razón
el motivo por el cual 
de repente llega una tarde
en que perdemos las cosquillas?
¿Existe acaso un día tal, Don Pascual
en que nuestra piel 
olvida la alegría?

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La apuesta

¿Y si sí?
¿Y si nos proponemos la alegría?
¿Y si al levantarnos sonreímos
nos miramos al espejo
y nos decimos lo lindo que somos?
¿Y si sí?
¿Y si entre todas las apuestas posibles
apostamos un pleno,
todos los ahorros
a la ternura, a la simple ternura?

Textos pertenecientes al libro LA VIDA SUSPENDIDA


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La vida suspendida es el segundo libro de poemas de Andrés Lewin.  Dice Jorge Nuñez en la contratapa: Andrés Lewin, desde su casa, en El Abasto, apunta la mano hacia la noche (como si la mano entrara en un guante) y señala un rumbo. Ahora sí, escribe. Resulta imposible sustraernos a este movimiento con el que inicia el fascinante tour poético, "al fin y al cabo somos animales buscando lugares" como él dice (…) Personajes, sacados con gran destreza estilística desde el fondo de las costumbres, que empiezan a encenderse hasta cobrar nitidez (…) Es fácil reconocemos en cualquiera: Julio, Burbuja, Paola, Walter, Ignacio... Somos la misma luz, calma en apariencia, pero emanada desde una feroz guerra íntima.

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Andrés Lewin nació en Buenos Aires en 1978. Miembro del grupo de poesía Papeles Blancos. Algunos de sus textos pueden apreciarse en los blogs www.andreloweb.blogspot.com y www.barlapelotanosemancha.blogspot.com . Ha publicado El ruido de los ríos (2011, Editorial En el aura del sauce). La vida suspendida (2013, Editorial En el aura del sauce) es su segundo libro de poesías.

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En el Aura del Sauce es una editorial independiente con cinco años de vida y más de 100 títulos publicados, entre ellos: Sembrando semillas de Aurora (Ramiro Ross), Esxs que andan por ahí (Sebastián Bruzzese), Temperley (Patricio Foglia) y Alma (Erik Thiemer).

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Inpaz Libros es una librería que abrió sus puertas en diciembre de 2009, ubicada en el barrio porteño Villa General Mitre, sobre la avenida Gaona entre Bolivia y Artigas.
Cuenta con un surtido de títulos, dando especial importancia a autores independientes y editoriales pequeñas.

Para más información: inpazlibros@gmail.com

jueves, 21 de marzo de 2013

BUENO ZAIRE



último Bueno Zaire!

Leen 

Andrés Lewin

Martín Vázquez Grillé

Tom Maver

Osvaldo Bossi


+ Bedji


+ El viaje de Galen

LA RATONERA CULTURAL
Perón 1422
Miércoles 27 -19.30 hs.

Entrada libre!

lunes, 21 de enero de 2013

STEFANO


Notas alrededor del libro “Stefano” (Maria Teresa Andruetto), catalogado como “novela juvenil”, y que cuenta sobre un inmigrante italiano que escapa del hambre, sobrevive a un naufragio, llega a la Argentina y recorre el país junto a un circo.




1.
Hay veces en que uno busca a los libros, y otras tantas en que los libros lo buscan a uno. “Stefano” estaba en el exacto lugar de la librería donde mis ojos fijaron la vista. Ni un centímetro adelante, ni uno atrás, exactamente ahí.
“Stefano” es la historia de un joven inmigrante italiano que viaja de Italia hacia nuestra Argentina escapando del hambre. Pero “Stefano” no es sólo un libro sobre una persona llamada Stefano Pronello que escapa del hambre, sino que es un libro sobre inmigrantes europeos escapando del hambre en la primera mitad del siglo XX. O sea, mis abuelos entre tantos otros.
“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”... “Stefano” es también mi bobe Maria, mi bobe Masze, mi zeide Aizik, mi zeide Enrique, parte de lo que yo mismo soy.
Al leer el libro, no puedo dejar de pensar en mis abuelos, su generación, que por un lado escapan de Europa por judíos, por las persecuciones, por la vieja Europa que no los respeta, sino que además están huyendo del hambre.
Stefano Pronello es un joven hijo único, huerfano de padre, que mantiene el siguiente diálogo con su madre:
Yo le pedía que viniéramos a América...
Pero ella decía: No.
Decía: Ésta es la tierra de tu padre.
Allá se puede hacer dinero, dije yo.
¡Cosas que inventan! Pero nadie regresa para contar...
(…)
Ella decía:
No me iré. Ésta es la tierra de tu padre.
Y yo, no sé por qué le dije: La tierra de mi padre nos mata de hambre.
Ella gritó: ¡No insultés!, y escondió la cara para que no la viera llorar.
Y yo me eché a sus pies, y le besé las manos, y le pedí:
Perdoname, mamá.
Ella me deja decirle lo que le digo. Después acomoda la voz y habla:
Te irás si quieres, pero debes esperar.
(…)
Yo preguntaba: ¿Esperar, cuánto?
Hasta que seas grande, me decía.
Tengo doce años.
Tienes que esperar más.
Cuando finalmente la madre le dice “está bien, te irás si quieres”, recién ahí Stefano emprende el viaje en barco, luego sobrevive a un naufragio, y al llegar a Buenos Aires, pasa unos días en el Hotel de Inmigrantes, donde en la puerta hay un cartel con la siguiente frase: se trata de un sacrificio que dura poco.
El país Argentina, en ese momento disponía de un hotel para recibir a los recién llegados, y no sólo eso, sino que además los gobernantes tenían la delicadeza de escribir carteles para apaciguar un poco los dolores.

* * * * * *

2.
Además de una historia de desarraigos, “Stefano” es también la historia de un niño que se hace hombre, y en ese acelerado camino, no sólo que hubo hambre, naufragio, destierro, sino que también hubo un saxo.
El primer día feliz de Stefano Pronello en Argentina es tocando el saxo.
Por simple curiosidad, hace poco estuve investigando en Internet la etimología de la palabra “Felicidad”. Aparentemente -nunca hay que creerle demasiado al dios Google- , la palabra felicidad proviene del latín felix (plural, felices), que tiene la misma raiz que el verbo felare (o fellare), que significa chupar, mamar. Se supone entonces que la palabra “felicidad” se relaciona con el acto femenino de dar de mamar. Si esto fuera cierto, para los romanos, la primer referencia alrededor de la “felicidad” es una madre amamantando. 
“Pura vida”, como dicen en Costa Rica.
La inquietud pasa por entender si esa “felicidad” que vieron los romanos, está en la madre, en el bebé, o en el acto en sí de amamantar.
No lo tengo muy claro, no soy romano, ni madre, lo único que puedo decir es que alguna vez he sido bebé.
Desde mi propia experiencia, como únicamente fuí bebé, y tomando ese punto de vista, ¿no sería interesante pensar que la felicidad, en Stefano o en cualquiera de nosotros, trata simplemente de volver al estado originario en que nuestra única preocupación era alimentarnos de la leche materna? ¿No es ese estado originario el único lugar no contaminado por los pensamientos?
Las preguntas son preguntas, las respuestas son respuestas, siempre insuficientes, y los filósofos especialistas en preguntarse y responderse.
Nietzche, filósofo, decía que la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era un niño.
El niño, quien mejor se aproxima al bebé que alguna vez fuimos, tiene la sabiduria de comprender el juego de máscaras del que se trata la vida, juega cuando juega, llora cuando necesita algo, come cuando hay que comer, y duerme cuando se le cierran los ojos.
Stefano, también un niño, también un hombre, vive cuando hay que vivir, sufre cuando los golpes lo acomodan, y juega cuando tiene un saxo en la mano.

* * * * * *

3.
“Stefano” es un libro catalogado como novela juvenil, planteando una diferencia de género con la novela adulta. Personalmente, no me queda muy clara la distinción, donde termina lo joven, donde empieza lo adulto.
Para intentar comprender, otra vez acudí al dios Google, busqué “literatura infantil”, y me encontré con una frase de Martin Amis, escritor adulto si los hay. La frase es la siguiente: "sólo una lesión cerebral haría que escribiera literatura infantil... nunca escribiría sobre algo que me obligara a hacerlo en un registro más bajo del que puedo".
Albert Einstein decía que hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana... y sobre lo primero no está tan seguro.
No me atrevo a ser tan categórico respecto a Martin Amis, sólo sé que generalmente en una banda musical, el bajo pasa desapercibido para los oídos no muy entrenados. Pero si falta el bajo, se siente esa falta, se necesitan los bajos registros para amalgamar los distintos sonidos.
Quizas sea porque necesitamos volver a ser bajos, muy bajos, para así juntar las distintas piezas, amalgamarlas, volver al estado originario en que sólo nos preocupábamos por comer, dormir, y las sonrisas venían dadas por músicas y colores.
Como Stefano, que recién es feliz el día en que toca el saxo, o como mi sobrinito el Titi, el hijo de mi amigo Damián, que hoy tiene tres meses, y su vida es comer, dormir, y sonreir con los juguetes compuestos de músicas y colores.
Músicas, colores, o esos mínimos instantes en que la vida queda suspendida y logramos ser lo que somos.
Andrés Lewin


Fuente: www.barlapelotanosemancha.blogspot.com

jueves, 30 de agosto de 2012

Bueno Zaire - Martes 4 de Septiembre



Bueno Zaire

este martes 4 de Septiembre


LEEN

Marlos Drumond Villalba

Andrés Lewin

Jorge Paolantonio



MUSICA

Ayelen Aranea



EXPO

Jimena Llinares


La Ratonera Cultural - Corrientes 5552. 

20 hs. (puntual)

Entrada $10, los esperamos!

jueves, 5 de julio de 2012

HAY MAS TIEMPO QUE VIDA


La toca la pisa la amasa
levanta la cabeza
de nuevo
la toca la pisa la amasa
que los otros corran
no hay apuro.


a Juan Román

del libro El ruido de los ríos, Andrés Lewin

jueves, 3 de mayo de 2012

El Pescador


El ruido de los ríos, de Andrés Lewin
(En el aura del Sauce. 2011) 

Según el escritor Eduardo Galeano, quién escribe lo hace para reunir sus retazos. Durante nuestra infancia, la iglesia, la familia y la escuela nos enseñan a divorciar el alma del cuerpo, y también, la razón del corazón. Frente a esto, Galeano nos recuerda a unos pescadores de la costa colombiana quienes, al parecer, inventaron la palabra sentipensante. Esta palabra busca nombrar la verdad completa. El ruido de los ríos bien podría formar parte de este dialecto mítico que soñaron los pescadores colombianos, porque abreva en una forma sentipensante de percibir el mundo. Como dice el epígrafe de Yupanqui, al inicio del libro: lo que adentra la cabeza / de la cabeza se va / lo que adentra el corazón / se queda y no se va más.

Andrés Lewin nació en Buenos Aires en 1978, y éste es su primer libro. Desde El ruido de los ríos, a partir de su título incluso, podemos pensar que la figura del poeta asume la máscara de un pescador. Se trata, creo, de un pescador tranquilo, sentado a la vera de su propio afluente emocional y en plena celebración; lo que hacemos al leerlo es escuchar su silbido, su canción atónita. ¿Y qué celebra ese ruido? No quiere alabar lo excelso sino más bien lo incompleto, un modo de ser imperfecto que tiene -si observamos con atención- todo lo que realmente existe; en El ruido lo imperfecto emerge con parsimonia, refulgente en su pequeñez, como en estos versos del poema “El artesano”:

Ángel estrella
se rasca la espalda.

Le duelen
las cicatrices heredadas

resabios 
de un legado de derrotas.

No se resigna
Escapa.

Como toda estrella
se sabe sólo un punto

pequeño
muy pequeño.

Pero el brillo
esa es su revancha.

A partir del cauce que van configurando los versos, es posible escuchar el rumor de un continuo anhelo: una sed de reconciliación. Hay brillo, y también revancha: el yo lírico aparece como una voz pausada, eminentemente oral, que desea redimir de su nimiedad a los curiosos personajes para quienes canta sus poemas. Y llega, en esta especie de búsqueda inmóvil, en esta pesca de personajes y redenciones, a gestar un pueblo entero, un pueblo con Tadeos y con Aúnesposible, con Trankipankis y Jacintos, con Ángeles Estrellas, amparados bajo el aura de su eco indulgente. 

Hay quien busca en un río la compasión y la compañía de un espejo. De alguna forma, en El ruido de los ríos los personajes que el autor rescata se asemejan también a ciertos lectores de poesía, o mejor aún, a cierto modo de acercarse al género: la poesía para quien la lee como el amparo del eco indulgente. Aunque sea terrible el subject, como por ejemplo en el drama y los chirriantes estertores de ese artefacto imposible que es la familia, a la manera de Sharon Olds, ó incluso en los poemas malditos de Lautremont; los leemos -entre otras cuestiones- porque nos sentimos menos solos. Cierto modo de acercarse a la poesía me hace acordar a las voces de este libro, y también a aquel capítulo de Band of Brothers: we stay alone together

También, podemos pensar El ruido como una imagen. Habría que imaginar en primera instancia un cuaderno, un viejo cuaderno de notas. En él, Figuras, paisajes de libreta personal, reunidas un poco azarosamente, dibujadas a los fines de un rescate emotivo. Escribo esto y me viene en mente Ricoeur, cuando hablaba de Lo Dicho en el decir. Ricouer sugería una forma de la memoria, que es también una forma de escritura: como si todo lo que ocurriese alrededor nuestro no hiciera más que desbordarnos, una y otra vez, y nosotros, de ese enorme continuum que nos supera -cada cosa que vemos ó escuchamos, incluso las más superfluas: el decir, incesante- no pudiésemos sino elegir algunos pocos fragmentos, que aparecen resaltados, fluorescentes en nuestra memoria, justamente Lo Dicho del decir. El ruido son esos fragmentos dispuestos en clave poética y a la vez la chance de espiar ese cuaderno de bosquejos, de imágenes garabateadas. En este caso en particular, lo que para otros puede ser un mero ruido, una nimiedad más o menos insignificante, en El ruido surge en cambio celebrado y enaltecido, ocupando el centro de la escena. Como si nadie se ocupase de esos personajes, esas voces que el libro bosqueja y protege del olvido. El libro remixa la selección cotidiana, que suele excluir a los Jacintos y Tadeos. 

En definitiva y a la larga, en El ruido de los ríos un pescador se revela como un oculto demiurgo. A la vera de cada poema, el poeta deviene un creador de voces en la orilla, como en aquel verso de Gómez Jattim: Soy un dios en mi pueblo y mi valle / no porque me adoren sino porque yo lo hago. Si el poeta es un pescador, y el pescador un pequeño y piadoso dios, digamos a su vez que este río de los ruidos es una demorada travesía sonora que recorre y nombra a su paso un modo de dibujar y de escuchar, un particular modo de percibir nuestra América Latina.


Patricio Foglia

Reseña aparecida en la recomendable revista virtual "NO RETORNABLE" (http://www.no-retornable.com.ar/v11/nuevo/foglia.html)

lunes, 19 de marzo de 2012

APUNTES SOBRE “EL OIDO DEL POEMA – WALTER CASSARA”













1. EL JUEGO

Walter Cassara no escribió un libro de ensayos. Tampoco se trata de un crítico literario. Walter Cassara es un poeta que juega con palabras, y como tal intenta responderse la misma pregunta que se hacen todos los poetas: ¿Qué es la poesía?

Pretender una lectura lineal de El oído del poema (Walter Cassara, Editorial Bajo la Luna, 2011) sería reducir el libro a un simple ensayo, una crítica literaria, sería despreciar lo que Walter nos propone, un juego donde la crítica, el ensayo, son también una forma de decir poesía.

Y pretender que un aprendiz de poeta cómo quien esto escribe, tan sólo lea un libro de principio a fin, sería no entender que un poeta es siempre alguien que juega, es el niño que todos conservamos dentro nuestro.

La intención de este texto es rescatar algunas ideas del libro, porque la poesía se construye de palabras, ritmo, sonido, misterio, pero también de ideas, ya que la poesía nunca deja de ser una forma de mirar el mundo, la mirada de hombres que piensan.

Walter comienza el libro reflexionando sobre la relación entre crítica y poesía, para así repetir la misma pregunta que se hace Mario Luzi: “¿La simplicidad y la naturaleza de la poesía eximen al poeta de toda justificación?” ... a lo que Walter responde:

Claro está que la respuesta debería ser un rotundo no, ya que simplicidad y naturalidad son dos virtudes que hoy por hoy nadie conquista sin un arduo ejercicio de depuración emocional en el diván, frente a la página en blanco o en el trato diario con el mundo (...) la función del poeta –si es que todavía le corresponde alguna- debería consistir en ayudarnos a llevar esa carga; hacer que el lenguaje sea, por un instante al menos, no el tiempo condenado o muerto de una clausura formal, sino el de una comunicación efectiva.


2. EL RUSO

Walter tiene una mirada rusa del mundo, es alguien que ha nacido en el siglo XX, en plena guerra fría. Y si bien no me lo imagino cual agente 86 en oficinas de KAOS o KONTROL, sí me lo imagino como cualquier poeta ruso, un poco al costado, escribiendo en esa lengua que ha sido desde siempre escribir contra la censura o la persecución política (...) o como Anna Ajmatova dijo alguna vez, que ningún país se tomaba tan en serio la poesía, ya que uno podía morir por dedicarse a ella.

Walter tiene una mirada rusa del mundo, porque como todo poeta entiende que el ojo con que se elige mirar el mundo es también una elección política. Por eso es capaz de interpretar y comprender la poesía rusa, donde cada uno de sus protagonistas tuvo que ser un vidente, un loco o un sonámbulo. Y por eso rescata a la poesía de Joseph Brodsky como poesía política, en el mejor sentido que puede tener esta noción tan discutida y vapuleada (...) poesía que no necesita recurrir a ninguna de las astucias demagógicas que manipulan los autores “comprometidos” (...) De cualquier manera, tratándose de un escritor ruso, la expresión poesía política suena poco menos que a un insulto o a una broma. (...) El propio Brodsky dijo alguna vez que entre esas dos palabras, salvo por la letra pe inicial, no había nada en común.

Pero si lo que importa es la mirada, ¿por qué el libro se llama “El oído del poema”?. Bueno, como decía el Don Juan de Castaneda, los poetas suelen ser personas que entienden que ver no es un asunto simplemente de los ojos. Walter nos recuerda también a Henri Michaux, para quien “lo fantástico es todo aquello que existe y es absolutamente natural, pero... que no conviene”.

Reflexionando alrededor de la obra de Henri Michaux, Walter se pregunta: ¿Qué impide que de repente, una mañana, al levantarnos de la cama, no se haga trizas la imagen en el espejo? (...) Si el encantamiento no se rompe es porque el understanding opera todo el tiempo como un tamiz de disturbios fantásticos, corrigiendo los flujos caóticos y filtrando los impulsos agresivos que, de otro modo, llenarían de grumos o agujeros negros nuestra percepción de lo real. (...) Precisamente la poesía empieza allí donde se rompe dicho tamiz y se abre un abismo entre lo acreditado y lo no acreditado por la conciencia, porque: “¿qué hay en una palabra que no pueda transformarse en cuchillo? Y después ¿cómo no tomarlo, cómo detenerlo?” (...) El poeta se nos revela cómo aquel que puede ver más allá del mundo ordinario, aunque siempre accidental u oblicuamente.

Seguimos sin entender qué es la poesía, pero al menos Walter nos está ayudando a interpretar quienes son esos tipos raros que se ponen a escribir cómo si estuvieran poseídos por una fuerza endemoniada.

Y más raros aún que los poetas son los traductores de poesía, o al menos esos traductores capaces de producir textos que cuando se confrontan con el original, el lector verifica la misma distancia que hay entre un borracho que da en el blanco y otro que se propone encarnar la alocución más inspirada de su vida; uno que sabe lo que dice y otro que sobreactúa su curda en la fría sobriedad de las diez de la mañana.

La traducción literaria, su finalidad última –según las ideas consagradas por Walter Benjamín- consiste en dar con una forma que pueda injertarse y despertar en la lengua receptora “un eco del texto original”.


3. LOS POEMAS

Leyendo el libro, uno va incorporando ideas alrededor de los poetas, los traductores, la poesía, pero Walter no se olvida de los poemas, la materia prima que justifica todo lo demás:

“Verde verderol/ endulza la puesta del sol./ Palacio del encanto/ el pinar tardío,/ arrulla con llanto/ la huida del río./ Allí el nido umbrío/ tiene el verderol:/ Verde verderol,/ endulza la puesta del sol” (Juan Ramón Jiménez)

Más allá de lo que pueda significar la palabra “verderol”, es interesante cómo Walter recuerda estos versos que le recitaba su abuela, en un barrio del conurbano bonaerense donde las mujeres mostraban un ingenio verbal y (¿por qué no decirlo?) un alto grado de honestidad filosófica que las conversaciones masculinas –por lo general estancadas en tres o cuatro tópicos obligatorios- retaceaban en pos de un sentido común.

A propósito de los versos de Juan Ramón, Walter ensaya una peculiar reflexión:

¿Dónde empieza y donde termina un poema? ¿Cuánto puede durar en la memoria de un hombre? ¿Cómo llegaron aquellas líneas, escritas en tan prístino español, a alojarse en la cabeza de mi abuela –descendiente de una familia de napolitanos-, y luego pasaron a anidar a otra cabeza –la mía- ya invadida totalmente por televisores Hitachi, pantalones nevados, la música de Michael Jackson y los videogames?

(..) Quizás un poema, más allá de su última línea impuesta, no tiene –no puede tener- conceptualmente un final; a lo mejor, tan sólo se termina, del mismo modo que un camino puede desembocar de pronto en un barranco. Entonces, en lugar del final de un poema, acaso sería mejor hablar de una caída o de un fading de la voz, una distensión en el ritmo de las frases, un descenso enunciativo que al llegar al borde del último verso, debería idealmente hacernos retroceder y devolvernos al comienzo. (..) porque hemos sido llevados de las narices hasta allí por la misma fuerza cohesiva del ritmo, y porque dicha fuerza está perfectamente equilibrada, de manera que en ninguna parte resulta más débil o más fuerte de lo que debería ser.

Si algo falla en ese delicado mecanismo, si alguna línea o palabra cae por fuera del campo magnético, el oído es el primero en advertirlo y reencauzarlo intuitivamente, ya que bien pensado, en poesía, mucho más que de escribir, se trata de escuchar. Y es sólo el oído quien dicta el tono, la longitud exacta, la dirección semántica y, por lo tanto, también el final del texto.

Detengámonos en esa idea de “fuerza cohesiva del ritmo”, o dicho de otra forma, la singular diferencia entre los poemas-canción y los poemas-poemas, porque en las canciones es la música la que actúa como “fuerza cohesiva”. En cambio, los poemas están a la intemperie, no tienen más alternativa que refugiarse en las propias palabras.

Walter adhiere también a la teoría de Valéry que dice que “un poema no existe más que en el momento de su dicción”, y sólo puede ser aprehendido plenamente cuando está “en acto”, y tal como reflexiona Valery, la clave no está en pensar el poema en los términos estrictos de la danza, sino en los de un “andar en cadencia”, un movimiento coordinado del cuerpo y el intelecto, un trajinar entre el sonido y el sentido cuyo corolario inmediato puede llevar o no a la escritura, pero cuya finalidad última es “crear un estado, un tiempo y una medida del tiempo que no pueda distinguirse de su forma de duración”.


4. LOS POETAS

Podría decirse que a lo largo del libro, Walter disecciona la poética de diversos autores, tan sólo como excusa para hablar de poesía, poetas, poemas.

Refiriéndose a la poética de Nicolás Godino, Walter retoma ideas del filósofo Ludwig Wittgenstein, para decir que el poema muestra aquí un estado de cosas (un conjunto de hechos y relaciones eventuales) sobre el trasfondo de una verdad última e inexpresable; muestra lo que en su impotencia la palabra ya no puede nombrar.

A Walter le sorprende cierto poema de Godino donde a primera vista no hay en estos versos una sola expresión que no remita a un estado de cosas que no sea abstracto. (...) En todo caso, su eficacia poética no radica en los pormenores de la imagen o en la articulación rítmica, sino en el devenir de las combinaciones sintácticas.

Otra poética diseccionada, quizá antagónica a la de Godino, es la del entrañable Jorge Leónidas Escudero, donde se puede advertir un original proceso de hibridación entre oralidad y escritura.

Al analizar la obra de Escudero, Walter pone el foco en la mencionada relación entre oralidad y escritura: con frecuencia, en la oralidad, suele ocurrir que las palabras no se amoldan a las normas del registro escrito y cambian su fisonomía habitual mediante la variación o distorsión de algunos sonidos. Así, hay gente que pronuncia –y consecuentemente escribe- “muncipalidad” por municipalidad, “espontanio” por espontáneo o “veniste” por viniste. En estos casos, lo que el hablante seguramente no advierte es que, al permutar y alterar los caracteres en el armazón convencional de las palabras, está operando con recursos que son esenciales a la función poética.

En la obra de Escudero, la oralidad no es –como ocurre muchas veces en el llamado coloquialismo- un artefacto libresco, sino la materia prima que organiza y da vida al poema. (...) Porque es obvio: lo oral, a diferencia de lo escrito, no tiene un bastidor en el que montarse; es puro movimiento, pura dispersión auditiva en los agujeros del espacio-tiempo.

Aunque intente camuflarse en otra cosa, el poeta es siempre esa oreja poseída que atesora las voces de la intemperie: un mero accidente acústico, una pausa en el silencio eterno, anterior o posterior a las normas estipuladas por la gramática.

Sin intención de contrariar ninguna norma de lectura, amigos lectores, les pido por favor que relean el párrafo anterior, presten especial atención a esa idea cassariana de “oreja poseída”.

Es probable que sigamos sin entender qué es la poesía, o quienes son los poetas, pero en esa idea de “oreja poseída”, se cifra una clave no poco significativa sobre el porqué de este libro, o el porqué de este texto.

“Muchoj escribidore se dan güelta el celebro/ y como a bolsillo vacío naa les cae.// hacen nido en el libro como pavos riales,/ ponen güevadas/ y sacan crías pal olvido. ¡La pucha!/ se creen bonitos y andan moniando al puro cuesco”.(Jorge Leónidas Escudero)

En cierto sentido, Escudero retoma las cartas al joven poeta de Rilke, eso de que si se puede vivir sin escribir, mejor no escribir. Y si no queda otra que escribir, entonces a trabajar las palabras, no sea cosa de poner güevadas.

Escudero nos dice: “Mi escritura en los versos tiende a representar la palabra hablada, ella porque me las oigo decir y las digo, se me pegan en el oído pero no siempre”... A lo que Walter, con su oreja poseída, pone el énfasis en la enigmática advertencia “pero no siempre”, pues Escudero nos está diciendo que su poesía está hecha de un lenguaje a medias oído y a medias leído, que conjuga elementos naturales y artificiales en igual medida.

Podría decirse que a las cartas de Rilke se le podría agregar el consejo de que si no queda otra que escribir, entonces a escribir, que por ahí se da el milagro de que las musas se aparezcan, y como ha pasado con la poesía de Escudero, donde el silencio cuenta y canta tanto o más que las palabras (...) donde no sólo la entonación de la voz, sino cada palabra en sí misma parece haberse fusionado con el paisaje... por ahí se da el milagro, sólo por ahí.


5. LA BELLEZA

Walter insiste en reflexionar sobre la dimensión política de la poesía, y retoma la pregunta de Hölderlin: “¿Para qué poetas en tiempos de pobreza?”. Le responde analizando la poesía de Diana Bellessi, quien plantea una solución mesiánica, en el sentido que Walter Benjamín confiere a esta palabra: dar un “salto de tigre” sobre la balanza de la historia para forzar su aguja hacia un tiempo pletórico, (...) ya que la escritura de Bellessi mantiene una inclaudicable energía política que, sin renegar de ninguna de sus premisas ideológicas, ha tomado partido por las verdades más desvalidas del corazón.

“pienso/ en aquel instante/ donde todo el paraíso fue/ creado de un mismo soplo y luego/ hicimos la diferencia/ para que la rueda girara/ y floreciera la belleza”. (Diana Bellessi).

NOTA: Cualquier semejanza entre las palabras Bellessi y Belleza es pura coincidencia.

Probablemente, Walter nunca haya leído a Humberto Costantini, y si lo lee, me temo que le resulte indiferente, pero Costantini, militante de izquierdas, exiliado político en los ’70, no sólo rescata a la poesía en su dimensión política, sino que va más allá, plantea que los verdaderos temas de la política son los mismos que en la poesía. O como diría Rosa Luxemburgo, el ideal de “un orden social, donde nos sea dado, amar a todo el mundo”.

“¿Y si sí? / ¿Si entre tanto Lenin / coyuntura / y organismo de base / y compañero / se nos está infiltrando la ternura / como un disimulado agente de la CIA?” (Humberto Costantini)

Porque como bien lo saben Walter, Humberto Costantini, o Diana Bellessi, en el lugar donde va a florecer la belleza, la ternura tendrá más fuerza que cualquier disimulado agente de KAOS o KONTROL.


6. EL MISTERIO

Leyéndolo a Walter, es posible entender que hay tantas poéticas como poetas, no hay sólo una forma de decir poesía. Godino, Escudero, Bellessi, pero también Aldo Oliva (ningún poeta más consciente de la luz, y sin embargo más alejado de ella).

El poeta, pese a trabajar con la luz, la oscuridad, no es un físico, aunque en algo se le parece: la poesía opera con el mismo rigor y cuidado que la ciencia, no sólo por los paradigmas y las herramientas de los que dispone, sino por su relación conflictiva con la verdad y sus simulacra o falsas representaciones: los conceptos (...) el poeta descree tanto de las apariencias como el físico o el filósofo.

Y siguiendo con los consejos a lo Rilke, es sorprendente cómo la crítica, para explicar la evolución de la literatura, se maneja con clasificaciones tan básicas como generaciones, épocas o escuelas (...) Que Z o D hayan nacido en tal o cual año es un dato estadístico (...) nadie ha visto nunca una generación (...) y aunque parezca la broma colosal de algún esnob traspapelado en el tiempo, lo más representativo, lo mejor de una época nunca se manifiesta en simultaneo con el presente, sino que llega en tiempo diferido, con algún retraso o adelanto cronométrico.

El poeta, si en verdad aspira a completarse en la rumia de su propia canción, debe necesariamente terminar con la placenta que lo sujeta a una época y a un radio predeterminado, y aprender a respirar por si mismo; debe quedarse solo con su loco deseo de decir y de durar en el lenguaje.

Aún sin entender qué es la poesía, en ese “loco deseo de decir” puede comprenderse porqué una persona se sienta a escribir, o porqué Rilke se pone a dar consejos, que bien pueden complementarse en el siglo XXI con estas ideas cassarianas:

Por suerte para las jóvenes generaciones, la poesía ya no tiene que cumplir con la fastidiosa exigencia de ser moderna. (...) Eximida de la vaga y onerosa carga de las épocas, la poesía puede hoy volver a caminar sin demasiada culpa por los jardines reconquistados de su infancia. Puede, por fin, si quiere, abocarse otra vez al misterio de su música.


7. LA MÚSICA

¿ Será así? ¿Será acaso la poesía simplemente una forma más de la música, el canto?

Quizás todo el misterio de la poesía radique en cómo se traslada a la página la textura de una voz (...) En la voz, en la granulosidad y en su semilla, está contenida toda la persona –su edad y su historia-, como en los anillos que cifran el período de vida de un árbol. (...) No se trata de lo que decimos, sino cómo lo decimos. (...) El verso es un registro próximo al habla, o en todo caso un modo de articulación entre el habla y el canto.

Esa particular forma del canto que la oreja poseída de Walter detecta en la poesía de Osvaldo Bossi, es la que permite preguntarse si acaso el acto de escribir no es también arriesgarse a un sueño que luego nos será sustraído.

O dicho de otro modo, el acto de escribir como un mecanismo más de confrontarse con la noche, confrontarse con el silencio, confrontarse con esa orilla donde toda realidad se disuelve, para así confesar que existe algo contra lo cual nada podemos hacer. Y de allí, precisamente de esa impotencia, surge el poema, surge el poder y la fuerza, surge lo mejor y lo peor del hombre.

Ya fue dicho, Walter Cassara escribió un libro para intentar responderse qué es la poesía. Por supuesto, como cualquier poeta que se hace esta pregunta, no obtuvo ninguna respuesta.

Andrés Lewin