miércoles, 15 de junio de 2011

Gonzalo Unamuno. Mañana Jueves 22:30 en Papeles Blancos.



Gonzalo Unamuno nació en Buenos Aires, en 1985.

Es autor de los libros:

-De otra luz (Poesía 2007)

-El vermú de la gente bien (Cuentos 2009)

-Distancia que nadie ocupará (Poesía 2011)

Actualmente dirige la colección Nuevo Orden, de la editorial Milena Caserola, y conduce el programa de radio sobre literatura contemporánea Guardia con la joven.

Poemas.

Los días de ella

Por alguna razón es martes, otro,

con su cóctel de colores repetidos

con sus éstas otras cinco de la tarde y sigo haciendo nada.

Pienso que tal vez vaya a poder

con mi destierro de su piel imaginario,

la ensoñación donde un día cualquiera me adentro

cuando enrostro una calle con su cara.

Como el instante también del día ése,

en que fueron mis líneas en su búsqueda

para arrastrarla delante de mis ojos.

¿Somos?

¿Qué es esto, lo creado,

esta desesperanza sin dos que nadie espera?

¿Qué me niega inasible en la memoria,

la amarilla autonomía de su pelo?

¿Cómo ir del que siente al que ejecuta

sosteniéndome de pie en lo sentido?

Pudo ser otra, me convenzo, o miércoles.

Pero es martes hoy en que me encallo

sin posible en el bolsillo de mañana

sin haber en el hay de este presente.

Un martes más, otro, dan las cinco y sigo haciendo nada.

No hay ninguna moraleja en esto.

Me pregunto si voy a morir

antes de que suene el teléfono y sea ella,

o jueves, o viernes, o domingo.

Un beso de derecha conservadora

A los 20,

en esas tardes que volvés a tu casa

pensando que Hendrix es Dios

y Joplin su amante

y vos el sonidista de su estridente amor

que todo lo grandioso

que puede ocurrir en una vida

va a darse en la tuya,

-¿cómo que no, si tenés 20?-

yo escuché a uno decir

que detrás del mate está la CIA,

sí, la mismísima Central Intelligence Agency

y el mismísimo mate nuestro,

que por ahí venía el sicario imperialista

a estacionarnos bruto falo en el culo

que así llegaría el día final

y nosotros, negligentes, mate en mano,

cebaríamos la añoranza

de los días extintos de nuestra soberanía.

Así empezó, lo escuché clarísimo,

y llegamos a debatir los ahí presentes

-con una fluidez oral sin precedentes

para nuestro breve cabalgar biológico-

si las palomas conservadoras

apuntan su mierda al inodoro

en vuelo prolijo, militarizado, óptimo

y son las de izquierda las que cagan donde quieren

porque están fumadas y en huelga indeterminada

o porque van, altas en el cielo

debatiendo la aplicabilidad de El Capital en este siglo

los ecos de la resonancia de alguna Internacional

en tanto que las otras, las liberales, las pecho frío,

las rosqueras entreguistas y cipayas,

son las que tienen el martillo de las Cortes plumíferas

y las diputaciones y los gendarmes

y la sustancial relevancia de los doctos.

Pero seguro te pasó, pensálo bien,

que llegaste pecho inflado a tu casa,

después de una ilustre tarde de esas

-ay, tardes que quién no tuvo,

quién no hizo el gol de oro en esas tardes-

donde engripada y afiebrada tu mamá

te pidió un té con Sucaryl

y una manzana, por favor, si no es molestia,

y te tiró por la borda tu ilusión escénica,

tu instancia triunfal en Woodstock

el reconocimiento que advertiste

cuando te palmeó amigable el del quiosco,

o el que pasea al perro a la misma hora que vos

o ese sábado de noche, listo para salir,

cuando fluyó monocorde y sin preludios

el Jagger que tan bien dormía en tus adentros,

y te propusiste

la conquista marketinera del mengano en cuestión.

Pero caíste de pronto, de un golpe frío, certero,

y lo sabés campeón, porque es predecible,

no vas a enamorar a nadie con tu tesis,

con tu magro sueldo vencido por la inflación

con tu ahorrito para el viaje de verano,

la pascua, el feriado que agarra lunes,

o el día en que pillo engrupís al jefe,

y mucho menos , mucho

con la fatal dirección que tu destino obliga

(triste, solitario y final, detrás de algún mostrador

donde muy probablemente termines,

qué le sirvo le dirás a las viejas del algún norte

vamos pibe, que te están esperando,)

pucha, por qué tendrá que ser así, dijiste.

Me acuerdo de esas tardes,

que las tuve cuantiosas, si, las tuve varias,

pero de esa en particular,

donde la cosa se agravó solemnemente

cuando un muchacho dijo:

“No puede haber amor

en un beso de derecha conservadora”

lo dijo así sin más

con un dejo proletario en el acento

con un touch de trotskismo post Stalin

con el índice castrista haciendo úes.

Una frase con aciertos, imparcial y romántica,

sin simulada pasividad en la forma

sin oropeles disfrazando la excrecencia

que me lleva a pensar ahora que lo pienso

ahora que lo adelgazo gramo a gramo con minucia

que no hay margen de error aunque se busque,

que no hay yerros posibles en las tardes

en las que el mundo representaba todavía

una opción valedera ante la vida

porque intuíamos que íbamos a coger

y no solamente ser cogidos.

…………….

Mal por mí que otra vez

que como siempre

no contuve la verba escaladora

la prisa tan afuera de la pausa

mi ego sin compañera para el baile,

que no pude,

pésimo por mi, triste,

desdoblar la carta tan marcada

la aparente pulcritud de mis esquemas.

Pero anoche

por otro sí en la redundancia

estábamos célebremente ebrios,

rendidos a qué placeres mal supuestos,

solos en la luna de los locos,

y tu risa, créeme, era una urgencia.

……………….

Era Dolores cuando firmaba

pero en mis brazos

fue siempre Lolita

Nabokov

La misma imagen de futuro,

camino a él, sea el que sea,

nos sanciona con sus pérdidas.

Tal vez,

cuando emprenda el viaje del que me habla,

yo quede sin sentido

flotando en la duda,

como una amarra inútil.

(Hay un lenguaje explícito en la mudez

que esquiva las palabras,

y hay algo por lo que callar.)

La pérdida es lo natural

y a la vez el miedo a quedar un tanto huérfanos.

¿Se puede hablar de coraje ante la orfandad?

¿A qué responde la valentía

sino al temor de dar algo por perdido?

Ella le cantó una canción al padre

mientras moría,

y yo salí a la calle a ver cómo era el mundo

no estando el mío.

Fue el frío más cruel de nuestras vidas

que entonces no se cruzaban.

Ahora, con ella de este lado,

la orfandad,

sinónimo de liberación,

es nuestra victoria,

porque, como el amor,

radica en lo inevitable.

Lo restante

viene a ser un invierno apaleado

por el calor furioso de la piel de nuestras noches.

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