sábado, 12 de diciembre de 2009

Entrevista a Osvaldo Bossi (1era. parte)

A continuación se transcribe la primera parte de la entrevista que el grupo le realizó a Osvaldo Bossi, invitado de lujo de la primera presentación de Papeles Blancos.


Papeles Blancos
– Lo primero que se me ocurría preguntarte era: vos, antes de Adoro, tenías otras dos nouvelles, que son La Médium y Lo más espeso del monte, que no fueron publicadas ¿Qué fue lo que pasó para que Adoro sí fuese tu primera nouvelle publicada?


Osvaldo Bossi – Lo que pasó es que las escribí con el mismo entusiasmo con que escribí Adoro; me llevó mucho tiempo trabajarlas y cuando las dí a leer, las novelas gustaron, pero yo sentía que no estaban listas para ser publicadas, que les faltaba algo. En fin, que tenía que aprender a escribir narrativa, en el sentido más amplio de la palabra. Había algo en relación al género "novela" que se me imponía, y me costaba mucho trabajo (aún me cuesta) adueñarme de los procedimientos. Creo que con Adoro algo aprendí. Sobre todo, cuando empecé a trabajar, como digo siempre en relación a la poesía, con la mayor libertad posible. Si yo no hubiera sentido eso, creo que no la hubiera publicado. En cambio, en determinado momento, comprendí que ahí podía haber algo así como un comienzo. ¿Cómo decirlo? Como si yo le hubiera creído, finalmente, al autor, y me hubiera dicho a mí mismo: Bueno, este tipo está poniendo algo personal, y sobre todo, no está temeroso (o tan temeroso) de escribir una novela, o como diablos se llame lo que está haciendo. Fue ahí, creo, cuando las cosas cambiaron, y entregué la novela a los chicos de la editorial de Bajo la luna, para que evaluaran la posibilidad de publicarla... o no.


P. B. – Hablaste de vos en tercera persona, o de un otro vos, ¿qué distancia hay entre Osvaldo Bossi autor y Osvaldo Bossi acá, empíricamente presente?


O.B. – Me parece que hay mucha distancia, aunque no lo parezca (sonríe). Evidentemente ese “yo” que aparece dentro de los textos y que aparece incluso en la novela, es una síntesis, una concentración de algo (de alguien) que siempre sabe mucho más que uno, es más inteligente, maneja mejor el lenguaje y se le ocurren cosas… A mí en cambio, no. Yo soy una persona como cualquier otra y sé con las dificultades con las que tengo que lidiar. Soy, digamos, extremadamente imperfecto, y a veces me parece que no estoy a la altura de lo que escribo. Quizás por eso de que “el lenguaje simula sabiduría” como decía Borges, no sé… Cuando escribe poesía, no lo hace a través de un lenguaje privado, personal, sino con un lenguaje que pertenece a una tradición. Y si tiene suerte, a veces uno puede agregar algo a esa tradición; pero no imitándola, ¿no?, sino haciendo lo que los otros hicieron. O quizás imitándolo en lo más profundo que los otros hicieron, como decía Basho, que es en la búsqueda de la poesía. Bueno, yo busco la poesía también en mi escritura y en eso no soy nada original. Me parece que ahí interviene algo que es propio y algo que es ajeno, y por eso, ese otro que escribe es más sabio y más dúctil que yo, que soy una criatura limitada en el tiempo y en el espacio.


P. B. – Vos venías con un largo camino ya recorrido en materia de poesía. ¿Cuánto de eso creés que subsiste en Adoro, de ese trabajo poético en los procedimientos de la narrativa?


O. B. – Primero, no quería escribir prosa poética. Era lo primero que no quería hacer. Quería escribir una novela, pero no una novela convencional sino una novela -y eso lo aprendí de la poesía- que pusiera una gran atención en el lenguaje. Para eso tenía que escuchar muy bien la voz del narrador, tenía que estar muy atento a lo que él quería contarme, y poner todo el oído en su voz y en su forma de narrar. De hecho, yo trabajé todo el texto frase por frase. Escribí una primera versión muy rápido, en muy pocas semanas, pero después fue un largo trabajo de corrección, en dónde yo sentía que no se trataba de un recurso meramente “formal”, para embellecer el texto sino para precisarlo, para quitar todo aquello que fuera accesorio, todo lo que no tuviera que ver con esa “voz” que se estaba haciendo cargo del relato. Y ese aprendizaje lo saqué de la poesía. También lo que aprendí de la poesía es la voluntad de síntesis, y que a veces no hace falta decirlo todo, sino -por el contrario- decirlo de otra manera, por alusión o por intensidad. Como cuando escuchamos muy atentamente el ritmo, la música que pueda tener (y tiene) la prosa. Es decir, todos los procedimientos de la poesía los apliqué, pero sabiendo que estaba contando una historia, sin perder nunca ese punto de vista, estrictamente narrativo. Fue interesante lo que dijo Leopoldo Brizuela en la presentación del libro. Dijo, si mal no recuerdo, algo así como: Es evidente que hay cosas que la poesía no puede contar y por eso, precisamente, se escribe una novela. Me gustó eso. Sobre todo porque tendemos a creer que la poesía es el súmmum , que la poesía todo lo puede decir, y (por suerte) es evidente que no. De todos modos, yo quería trabajar en esa tensión, en ese arco tenso entre lo narrativo y la concisión del lenguaje que sólo nos enseña la poesía. Y me llevó dos años, más o menos, trabajar esas setenta paginitas… una exageración.


P. B. – Hablabas de un arco que se tensionaba, y justamente la figura de una tensión era la figura que quería usar para hablar de tu obra, tratando de encontrar claves que permitieran marcar cierta regularidad, cierta búsqueda constante. Lo que yo leía era cierta tensión de deseo, entre dos deseantes; lo veía desde el primer libro que escribís que es Del coyote al correcaminos hasta el narrador de Adoro on su Astroboy. Quería saber si vos también veías esa tensión.


O. B. – ¿Esa tensión deseante? Sí, totalmente. Y de lo inalcanzable, como en todo deseo. Entonces tengo garantizado que voy a escribir por mucho tiempo más todavía, porque el objeto de ese deseo es, como suele ocurrir, imposible. Un objeto absolutamente imaginario que se construye a partir del lenguaje, y con el cual la realidad (a veces) colabora un poco, pero sólo un poco, nada más. Por eso es interesante el trabajo que hace lo imaginario con la poesía, que aunque trabaje con elementos de la propia vida -las cosas que le pasan a uno, o que imagina que le pasan- estos elementos terminan siendo una construcción. Desde el yo, desde el sujeto que dice ser yo, hasta ese otro completamente imaginario Y en el medio, bueno, el lenguaje de la poesía o el de la narrativa, tratando de unir esos dos extremos, aparentemente antagónicos….

Toda esta cuestión, les confieso ahora, a mí me da un poco de miedo. Como si detrás de todo ese juego (o simulacro) hubiera alguien, una persona, que seguramente soy yo (no el yo que escribe los poemas sino yo, a secas) y que por lo tanto algo de mí estuviera vendiéndose al diablo en esos momentos. A pesar de saber que todo eso es una ficción; no importa. ¿Hasta dónde puedo decir: esto es ficción, esto es verdad? ¿Hasta dónde puedo engañar y engañarme?


P. B. – Es una parte tuya después de todo, ¿no?


O. B. – Es una parte mía, pero que se hace cada vez más real, más real que yo… No sólo para mí mismo, sino para los demás, porque los demás lo creen a rajatabla y entonces lo relacionan con uno y dicen, por ejemplo, que escuchan mi voz en los poemas y todas esas cosas… Pero en fin, no es tan extraño. Todo esto pasa porque la poesía trabaja con ese elemento tan confuso que es el yo lírico, y es lógico que algunos confundan ésto con el autor. Incluso uno mismo, que sabe de estas cosas, se confunde. Hace poco hablando con Diana Bellesi sobre la novela, ella me dijo: Mirá que yo no soy un bebé de pecho: yo he leído, yo conozco todas las trampas y los trucos que puede tener un escritor, pero a medida que iba leyendo tu novela, me creía todo, todo absolutamente. Bueno, en cuanto a mi propia escritura en particular, trato de estar atento a esas cosas...


P. B. – Hay sustos que paralizan, pero a mí me parece que en tu caso es una huida hacia delante, parecés no estar detenido en la escritura, sino que es un susto que te lleva a más escritura.


O. B. –Eso es verdad. Pero además lo viví con cada libro. Cada vez que publicaba alguno, inmediatamente pensaba: Ahora sí, con esto lo arruiné todo, la gente no me va a saludar más… es un desastre. Me pasó con El muchacho de los helados, con Fiel a una sombra, con Adoro… Yo estaba totalmente asustado con la publicación de la novela, y esto debe ocurrir porque la escritura siempre es un enorme lugar de exposición. Pero, como vos decís, a mí en lugar de paralizarme, ese miedo me ayuda a redoblar la apuesta, y de hecho siento que con cada libro me arriesgo un poco más. Después, por supuesto, me doy cuenta que no pasa nada. En realidad, el único que se asusta soy yo…, por suerte.


P. B. – Te asustás porque estás mostrándote, en algún punto. Aunque es tu yo que no sos vos, pero al mismo tiempo sí.


O.B. – Sí, ¿Te acordás de Pessoa? De él no se sabe prácticamente nada, es un autor casi “sin biografía” como dice Octavio Paz, con todo ese lío, ese subterfugio de los heterónimos…. ¿Dónde está Pessoa? ¿Quién fue? Octavio Paz nos dice sencillamente: No está en ninguna parte, y está en sus poemas… Terrible, ¿no? Y al mismo tiempo, quién sabe… Yo, por ejemplo, si no estuviera la poesía no entendería este mundo, y mucho menos podría relacionarme con los demás. En cambio, gracias a la poesía, a la literatura en general, me puedo relacionar con la gente, y puedo tener un diálogo más o menos civilizado con las personas. Entonces, es claro que cuando yo pongo a circular mis textos, éstos se encuentren dentro de esta dimensión, un tanto exagerada. La de alguien absolutamente tímido que quiere, entre otras cosas, comunicarse con los demás. O peor todavía: alguien que busca, desesperadamente, el amor de los demás. Así que imaginate el desasosiego enorme que significa ponerse en ese lugar de exposición (se ríe).


P. B. – A mí me hace acordar mucho a lo que escribís en Del coyote al corremcaminos cuando hacés la revisión de ese libro que había sido escrito pero hasta ese momento no había sido publicado. Vos hablás del instante de la composición, y decís: "en mi caso, el movimiento que se produce es de adentro hacia afuera, y nunca al revés, o al menos tengo la sensación de que sucede así". ¿Cómo es eso? ¿Cómo es ese momento de la composición y que va de adentro hacia afuera?


O. B. – Es que el texto surge de una necesidad interna, no externa. No soy un formalista ni alguien que experimenta con el lenguaje. No me interesa la experimentación, no me interesan las vanguardias tampoco, que es ese trabajo con la novedad. Para mí realmente no hay nada nuevo bajo el sol, simplemente hay que descubrir las cosas que ya están ahí, y verlas, y ponerlas en circulación otra vez. De hecho, yo empiezo a escribir, y empiezo a escribir "algo" que tiene una enorme tradición (y que de algún modo las vanguardias siempre descalificaron, como corresponde) y que lleva el nombre de “poesía amorosa”. ¿Qué actitud tomar frente a eso? Tenía dos opciones: esperar a que llegara mi momento, dentro de algunos siglos, o escribirla igual. Bueno, decidí lo segundo. Partí de esa necesidad interior, y no exterior. Lo que se pedía era una cosa, y lo que yo necesitaba escribir era otra. Entonces libré esa batalla íntima, y me dije: Voy a escribir lo que yo necesito escribir, y buscaré aliados que me ayuden en eso. Esos aliados fueron voces dispersas o secretas, que de algún modo me siguen acompañando. Como verás, no lo hice solo. Hubo gente al lado mío, no era la voz del solitario enfrentándose al mundo. No. Cada tanto se imponen modas y uno toma, o no, esas imposiciones. Pero se ve que yo tenía una gran necesidad de decir algo. Algunos piensan que esto está mal. Aira, por ejemplo, dice que un poeta es alguien que no tiene nada para decir, pero lo dice muy bellamente. Y está bien, me parece linda esa idea, pero no termina de convencerme. A mí me gustan esos poetas que tienen algo que decir; incluso a pesar de ellos mismos. Algo que si no lo escriben, se mueren. Y yo sentía eso, que si no escribía esos poemas, si no daba con el a-b-c de esos textos, me moría.

De hecho para mí el Coyote, en toda su sencillez, era eso nada más: el a-b-c de lo que iba (si tenía suerte) a escribir, aunque no supiera qué exactamente. Debe ser por eso que los textos son muy transparentes, y a la vez no tanto, porque tienen esa pequeña trampa, esa pequeña elaboración de una máscara a partir de la cual el “yo” (lírico o como se llame) dice lo suyo, y eso no es nada sencillo, después de todo.


P. B. – A mí me parece que lo que vos decías de esta especie de censura, o este manternerse tapado y que vuelve subyacente al discurso amoroso es algo que pasaba bastante, desde hace un buen tiempo. Quiero intentar preguntarte, en este punto, cómo te sentís inscripto vos dentro de lo que se conoce como la poesía de los noventa, que justamente en algún punto tenía tapada esta tensión sentimental.


O. B. – Supongo que en el canon de los noventa, no, no me siento “inscripto”. Muchos de esos poetas tenían (aún tienen) otros postulados estéticos; pero también es cierto que hubieron voces que desarrollaron su escritura desde otro lugar. Con lo cual, tampoco me sentí totalmente solo. Simplemente no puse mi atención ahí. Estaba muy preocupado por descubrir cómo, y qué era, lo que intentaba escribir como para andar peleándome con otras estéticas. Porque además nunca sentí que hubiera un sitio que disputarse. Yo creo que cada uno construye su propio lugar. Y para mí eso representaba una gran tranquilidad, sobre todo porque no tenía que perocuparme por ser el “poeta de los noventa”, o algo así. Entre otras razones, porque no tenía el menor interés (ni la chance, siquiera) de representar a nadie. Ni a una generación y, mucho menos, a una estética determinada.


P. B. – ¿Creés que algunos sí están interesados?


O. B. – Sí; y no los critico por eso. Cada uno entra por donde puede o por donde más le interesa, y eso no implica que no hayan hecho después una obra valiosa. Pero en mí, bueno, se dio así… Además, yo me acerco al medio literario siendo un poquito más grande, había hecho ya mi recorrido en las lejanías, en la provincia y con amigos que estaban totalmente apartados del mundillo literario. Cuando me acerco a la capital, ya estaba totalmente pervertido: tenía mis propias lecturas, mis propios diez o quince libros malos escritos que se los regalaba a mis amigos. Era un monstruito que había hecho su propia biblioteca, sus propias lecturas, y era imposible que se acomodara a un presupuesto estético, porque ya tenía un bagaje de cosas más personales, con todos los errores que eso implica. Hablo particularmente de la estética que empezó en los noventa, que tenía que ver con el objetivismo y con una búsqueda que, de todos modos, tuvo su parte buena pero que, aún así, no me interesaba… Hablar de objetos, de cómo la luz caía sobre una canilla o sobre una manzana… Me parecía que había que estar muy bien y muy tranquilo para poder escribir sobre esas cosas… Igual aprendí, aprendí a no caer en la desmesura, por ejemplo. Pero igual no compré todo, ni me lo creí todo.


P. B. –Mencionaste tu biblioteca personal, y me parece que hay autores que, al menos en cierta medida, han tenido alguna influencia en vos. Habría que nombrar a Goméz Jattin, a Sandro Penna, a Catulo. Esos autores en particular, ¿qué significan para vos?


O. B. – Esos autores vinieron después. De entrada leí como cualquiera, mucha mala literatura. Como quien entra a una selva y a machetazo empieza a descubrir cada tanto algún texto bueno, y después de mucho tiempo se da cuenta. Pero nunca leí porque pensara que a tal autor había que leerlo, eso también lo aprendí de Borges. No leo autores ni porque son importantes ni porque son modernos, lo hago porque me gustan, o no me gustan. Ese fue mi único criterio. Y de hecho, hay autores que son muy prestigiosos, muy importantes, y a mí me dejan totalmente indiferente.


P. B. – ¿Quién por ejemplo?


O. B. – Bueno, Elliot por ejemplo. A mi me deja totalmente indiferente, salvo los Cuatro cuartetos, que es un libro genial y que descubrí de grande, todo lo que tenía que ver con su primera época, en fin, no me interesaba en lo más mínimo. Una salvajada, lo admito. Pero bueno, así leía, y todavía sigo leyendo. Pero más que nada, porque creo que la poesía no tiene tanto que ver con la literatura, que la poesía tiene que ver con otra cosa, con otra serie de saberes que son más complejos; si bien todas nuestras experiencias terminan en un libro, como dice Mallarme. Hay algo que trasciende la literatura en la poesía, hay algo realmente misterioso que ocurre ahí, algo, cómo decirlo, irracional, y que el poeta al dejarse llevar por esa creencia pierde, en cierto sentido, el horizonte. Y ese es el mejor momento, creo… y el más peligroso.


P. B. – Y en este camino de tu biblioteca que se fue armando, cuál fue, si podés decir, el primer libro o el primer poeta que te impactó, que te maravilló.


O. B. – En realidad, yo vengo de una familia en la que no hay libros, no había libros, por lo tanto no había tampoco el culto de la palabra ni de la literatura, hasta que de más grandecito descubrí a una tía que sí, que tenía una biblioteca, y que en su momento había escrito poesía ella también. Pero hasta entonces solamente conocía los textos que nos enseñaban en la escuela. Hasta que un día escuché (y esto tiene que ver con esta idea de la oralidad en la poesía) a un amigo recitar un poema… No me acuerdo de quién, pienso ahora que podría haber sido de Gabriela Mistral, no importa. Lo que sí recuerdo es que sentí inmediatamente que algo me pasaba, y pensé (o imagino que pensé en ese momento): Yo también quiero escribir algo así.


P. B. – ¿A qué edad?


O. B. – Tendría 14 años, más o menos. Hasta ese momento fui el peor alumno de la escuela, el chico más tímido del mundo, el más solitario, el que no podía comunicarse con los demás. Cuando descubrí que existían las palabras… Bueno, en un primer momento, lo confieso, no entendí absolutamente nada de lo que estaba leyendo. Era chino para mí. Sin embargo, de alguna manera, entendí. Quiero decir, seguía siendo extraño pero podía entenderlo, podía comprender un poema… En cambio, no podía entender lo que me decía un amigo.

A partir de ese momento, pensé: Acá hay una verdad a la que me voy a entregar, pase lo que pase. Como si se me hubiese aparecido Dios (risas). Pero fue algo así… algo así me salvó. Si no hubiera aparecido la poesía, bueno, creo que me hubiera sentido perdido en un mundo en donde el lenguaje no es importante. Y descubrir que el lenguaje abría caminos y puertas, y que me iba a permitir alejarme para acercarme a los demás, fue muy importante para mí. Se trataba, ni más ni menos, que el lenguaje de un solitario dirigido a otro solitario, y eso me interesó.

Además, ocurrieron dos cosas juntas (por eso me parece tan increíble). Y es el hecho de que yo, casi simultánemanete, me enamoro. Y el único lenguaje que parecía estar a la altura de ese acontecimiento era el de ese poema que había escuchado primero, y leído después. Las dos cosas estaban relacionadas. Lo que hice, inmediatamente, fue escribir, como es lógico, poemas de amor, con el único fin de obtener… los favores… de dicha persona. Yo era muy ingenuo, no me daba cuenta de que era el camino más equivocado para enamorar a nadie, que los poemas de amor -en general- no están escritos para que alguien se enamore de uno, sino para que se enamore de los poemas. De hecho, el tiempo me dio la razón. Mucha gente (bueno, no mucha gente, no quiero exagerar en esto) siente un particular cariño hacia mi poesía, pero no sé si ocurre otro tanto conmigo. A veces pienso que no. En el fondo, sigo siendo el mismo chico solitario que escribe, pura y exclusivamente, para ser amado. Sólo que en el medio, bueno, creo que encontré, afortunadamente, otras cosas.

(continuará...)

1 comentario:

  1. buenisima la entrevista, muchas gracias por el aviso. un abrazo

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