martes, 9 de enero de 2018

Luciana Inda


Pero hay mucha belleza al costado del camino

Cuando ella le dijo que estaba harta de su egoísmo, que era un cobarde y que no veía ni un milímetro más allá de su propio ombligo, él le contestó que tenían que brindar por algo, al menos, y se metió en la cocina, para volver con una botella de vodka y una Mirinda de naranja.

—    ¿Ah sí? ¿Por qué querés brindar?
—    Por las ballenas de Puerto Madryn. Podría ser por eso.
—    Yo no tengo nada por qué brindar.
—    Brindemos entonces por el año dos mil veinte.
—     
—    Por los fuegos artificiales?

Ella dio el primer trago. Luego bajó la cabeza para sostenérsela con las manos. Él le corrió el pelo que le caía sobre sus ojos, con tanta ternura, que ella deseó poder brindar, poder pensar en las ballenas. Pero no pudo. Había guardado tanto en el compartimento de “cosas para olvidar” , que ya no había lugar para más nada. El egoísmo, la cobardía, el no ver ni un milímetro más allá de su propio ombligo, se habían corrido irrevocablemente al compartimento de “cosas para decir” .

—      No sé por qué sos así.
—      ¿Soy así? Por qué, no sé.

Tal vez, si pudiera reciclar y redistribuir el dolor, pensó. Un poco en cada compartimento, un poquito en cada uno, y así poder brindar. Pero no podía. Recordó la letra de una canción que solo hablaba de brindar. Era de una banda que se jactaba de conocer pero que, tal como la canción y tal como tanta otra gente, no aportaban realmente nada a su vida, más que un saludo ocasional de viernes o sábados por la noche. Pensó que si fuera eliminando esta clase de personas de su vida no quedaría casi nadie. Tomó otros cuatro tragos de vodka con Mirinda.

— Tenés razón —dijo él de golpe, mirando hacia el piso. Y ella tuvo un súbito estado de alegría. Tal vez sólo por el placer de que le dieran la razón, tal vez también por descubrir que había otro ser humano en la habitación.
—¿Y?!

Él la miró apenas y no respondió.

—      ¿Y entonces?!
—      ¿Y entonces qué?
—      Me dijiste que yo tengo razón. ¿Y entonces?
—      Y entonces nada.
—      ¿Y entonces nada ?!!

Él se encogió de hombros.

—      Voy a servir más, ¿vos querés?!

Ahora fue ella la que se encogió de hombros, y volvió a sostenerse la cabeza con las manos. Quince minutos de silencio.

—      Quisiera que volvamos ahora, ir hasta mi casa y que te lleves todas tus cosas. ¿O hay algo que me quieras decir?
—      No, las cosas ahora no.

Un hilo de esperanza se tensó adentro de su cuerpo, pero era milimétrico.

—      ¿Hay algo más que me quieras decir?

Él movió la cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda varias veces. Y los no silenciosos eran peores que los hablados. El silencio es siempre mucho peor, siempre más profundo. Parecido al perro que ladra no muerde, el ruido tiene algo de superficial y transitorio, contra lo definitivo del silencio. Ella era como un perro que ladra, y él, uno que muerde.

—      Perro que ladra no muerde.

Él no le contestó y le acarició los hombros y la cara y la abrazó. Entonces ella sintió que estaba a punto de estallar. ¿Era posible estallar por falta de alegría?  Una alquimia rápida e irrevocable: no le quedaba ni un pedacito de sí misma que no estuviera destrozado, para que pudiera instalarse la felicidad.


Antes de volver a la ciudad fueron hasta la playa y estacionaron el auto de trompa al mar. Estaba amaneciendo y el cielo hacía sus exhibiciones. Por primera vez, el mar no lograba ser tan fastuoso ni tan inmenso como para poder olvidarse de si misma. De pronto, como salido de la neblina matinal, un auto viejo, un Citroen Ami 8, color celeste, se estacionó al lado, también de trompa al mar. Adentro había una chica; creía ella la chica más tranquilamente hermosa que había visto nunca, y su bebé.

Tal vez no era realmente su bebé. Podía ser su hermano, su sobrino, su ahijado... pero estaba bien pensar que así era. Él bebé tenía una remera a rayas de colores y lloraba. La chica lo sacó de la sillita, lo sentó a upa y, mientras le señalaba hacia el mar, empezaron a conversar.

Mientras miraba todo esto ella se preguntaba por qué pensaba que lo que estaba viendo parecía tener mucho más sentido que lo que ella misma estaba haciendo. Aunque vagamente, también pensó en el silencio, y en los perros que ladran. Y entonces escuchó que la chica le decía a su bebé: ...pero hay mucha belleza al costado del camino... y el bebé dejaba de llorar, y ella también dejaba.




Luciana Inda (inédito)

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